Miedo

El parco negro mestizo, la luna encarnada, reos del tiempo. Oscuridades que se imprimen vanamente en rasgos paulatinos, los encontramos explicando en miedos profundas encasillaciones temblorosas. Mis musas y las tuyas. Mis cerillos, mis cartas, mis ensoñaciones.
Su cielo aterciopelado, prendía frío en ojos acartonados, ojos de Lima la erótica, ojos rojos oscilantes entre espigas del recuerdo.
Podría haber visto algo si así lo hubiera querido, si así sus calles infinitas hubiesen dado paso a los faroles emprendidos de ausencia, de edificios grises, de soles meditabundos.
¿Es así la soledad? Se preguntaba. Mientras leía a Adán en tragos amargos de ron barato, y con voz turbulenta, tranca, explicaba los miedos en clase de matemática.
El profesor daba notas y acotaciones, trompicones exactos de momentos intrínsecos en viernes inalámbricos, parlaba furioso, señalando y retratando, cargando su peso y su rabia, su ira, su gordura, entre tanta encarcelada, pausada soledad.
Y así se volvieron varios en las explicaciones de la pizarra, las bisectrices de su mirada, la biografía de su mente, volviendo en la oscuridad ingrata de sus calles infinitas, su alegría ocupada y su sencillez absurda.
Los alumnos lo miraban fijamente en sus exageraciones traumáticas, prendiendo pupilas de pensamientos compartidos, y todos fueron conspirando y adoptando los miedos del maestro, entre sus labios insípidos y tamboriliantes.
Las voces se hicieron mas perpetuas, generando transportaciones al pasado. Platón, Shakespeare, Kafka, escritores, ingratos, ignorantes, y… dios en la creación.
El oscuro infinito se repitió, se exacerbo, y murió y se repitió, y volvió… punto
